Toda la vida he odiado ser hijo único, y para nadie es un secreto. He tenido durante 32 años que lidiar un problema cuya solución nunca estuvo en mis manos. Es en noches como esta en las que un enorme nudo en la garganta me quita el sueño y me desvela, en las que me perturba la idea de saber si la existencia de ese alguien, de ese otro ser con orígenes genéticos iguales, y con condiciones de vida iguales; harían una vida distinta.
Para muchos ser hijos únicos es un sueño frustrado por que no aprecian el valor de compartir, porque se enfrascan en un acto egoísta de calcular las cosas buenas que dejaron de recibir enteras, y no valoran lo importante de tener con quien compartir la carga de los problemas.
Ser hijo único puede ser un enorme peso en la espalda. Todos tenemos que lidiar con las aspiraciones y anhelos de nuestros padres que pocas veces suelen coincidir con los de los hijos, ahora piensen en lo difícil que se hace cuando todas esas esperanzas reposan en uno solo. En uno solo que por lo general no es lo que ninguno de los dos padres esperó.
Eso sin contar con la realidad que algún día esos padres faltaran y no habrá con quien compartir el dolor de esa partida.
Nunca me he conformado con las bondades de ser hijo único, sobretodo porque no creo que compensen la tragedia que puede ser tener una familia. No me cansaré de hacer campaña en contra de las familias con un solo hijo, porque mi experiencia no ha sido placentera, porque aun sigo pensando que habría sido mejor tener alguien con quien compartir esas cargas tormentosas que se cocina tras de cada puerta, esas que uno no vive ventilando, y que por muchos amigos que uno tenga nadie como aquel que las comparte puede comprender. Sobretodo cuando a algunos todo lo que hacemos no nos alcanza para ser los hijos que hubiesen querido tener.
